viernes, 29 de junio de 2018

Concurso literario Sto. Tomás de Aquino. Accésit Narrativa 2º Ciclo.

Finalizamos hoy la publicación de los premiados en el concurso literario Sto. Tomás de Aquino con los dos trabajos que obtuvieron sendos accésit.

En la modalidad Narrativa 2º ciclo, Liliana Akpan, 3º B:

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"Destino"

Estaba nerviosa. Hacía tiempo que no viajábamos a Nigeria. Todavía quedaban unas cuantas horas de vuelo y yo ya me había aburrido del todo. Empecé a pensar en lo mucho que hacía que no veía a mis antiguos amigos de la escuela, en lo mucho que me había cambiado la vida desde que aterricé en España, sin apenas saber comunicarme ni por señas con la gente nueva que me iba a encontrar y en los sueños que me quedaban por cumplir. 

Mi vida en Nigeria era sencilla, feliz, me preocupaba por jugar con mis amigos, por aprender en la escuela, por pasar las tardes con mis hermanos ayudando a mis padres en la cosecha del ñame, el tomate… ¡Cuánto echaba de menos ese aroma del campo! Esos atardeceres en silencio escuchando la nada, sentada junto a mi casa… 

Ahora había pasado mucho tiempo desde entonces… 

Pensé en Gloria, mi amiga de la infancia, la que me acompañó hasta aquel día que entre lágrimas nos abrazamos pensando que no íbamos a volver a vernos. ¿Se acordaría ella de mí? 

También pensé en lo que me había cambiado la vida, en los sueños que tenía en mente, en lo diferente que sería yo ahora si me hubiera quedado en Nigeria. Tampoco es que tuviera grandes aspiraciones. La mayoría de mis amigos habían pasado por las típicas fases en las que querían ser modelos o futbolistas. Yo, sin embargo, tenía claro que quería acercar un trocito de Nigeria a España a través de los productos que en casa tanto me recordaban a mi país, una especie de colmado donde los inmigrantes como yo pudieran sentirse un poco más cerca comprando los ingredientes para su fufú, fried rice, yellow rice o plantain

Sonó el altavoz del avión. El piloto avisaba de que estábamos llegando a Lagos. Se me había pasado el rato inmersa en mis pensamientos y me olvidé de que me estaba aburriendo. ¡Tenía tantas cosas en la cabeza! 

Cuando aterrizamos me vi dentro de un caos de gente corriendo, gente buscando maletas, familiares buscando gente… Todavía nos quedaba pasar por el puesto de revisión de maletas donde por un módico chantaje podría pasar unas cuantas cosas que había traído de España para mi familia. Cosas tan simples a las que aquí no damos importancia, pero que allí o son carísimas o imposibles porque no existen (kétchup, pasta, champú familiar, papillas, potitos…). 

Una vez pasado este trago tan irritante y pesado, llegamos por fin al pueblo después de otro largo camino en varios autobuses y el coche de mi tío que iba cargado hasta los topes con nuestras maletas. Allí nos esperaban todos, eufóricos con nuestra llegada. Parecía como si fuera la fiesta mayor. Vecinos y niños venían a saludarnos y todos querían saber qué tal nos iba en España, cómo vivíamos, si nos había ido bien con el tiempo que llevábamos allí, mirándonos con una especie de alegría y envidia que nos hacía sentir unas veces importantes y otras desdichados teniendo en cuenta que trabajábamos sin parar y que la vida allí no eran tan fácil. 

Yo, después de un rato de saludos cordiales, intenté escabullirme y pasear un rato sola para despejarme teniendo en cuenta todo el ajetreo del viaje y de la gente, tenía ganas de escuchar el silencio. 

Y allí estaba ella, Gloria, con su misma cara de niña y sus ojos llenos de vida. Caminaba cansada, tenía barro en los pies y en las manos. Había estado en el huerto ayudando a su padre para recoger las cosas de la cena y cuando me vio dio un brinco y vino a saludarme corriendo. 

Nos abrazamos y nos miramos impresionadas, había pasado mucho tiempo pero en ese instante nos convertimos de nuevo en las dos niñas que jugaban por los campos. ¡Teníamos muchas cosas que contarnos! 

Yo tenía que volver con mi familia y ella también, quedamos en que aquella noche nos veríamos y podríamos charlar tranquilamente. Y así lo hicimos. Nos encontramos en el porche de casa y allí pudimos conversar sobre nuestra vida en todos aquellos años. 

Gloria no había cambiado tanto, sus aspiraciones eran las de una chica nigeriana de pueblo. Quería formar pronto una familia, de hecho ya le habían buscado pretendiente y ella parecía conforme con eso. 

Yo le expliqué cómo era mi vida en España, qué quería hacer y cómo pretendía conseguirlo. Me escuchaba con atención y con sus enormes ojos abiertos, llenos de intriga y deseo de que a ella le pudiera pasar algo igual. 

De repente, sus ojos se llenaron de tristeza, se movió como retorciéndose de dolor y me apartó la mirada. Le pregunté si estaba enferma o se encontraba mal y no quiso contestarme, pero no pude evitar abrazarle y entonces me contó un relato escalofriante y a la vez tan habitual que me dejó impactada. 

Me habló de su dolor físico y psíquico, de su angustia diaria desde que un día, una mujer venida de otro pueblo y con aires de bruja le cortó su esencia de mujer, su capacidad para sentir que al amar a un hombre también podía sentir placer. 

Me sentí muy mal por lo ocurrido, aunque yo poco podría haber hecho por evitarlo, pero durante mis días allí no pude evitar pensar que se lo habrían hecho a las demás chicas de su edad y que incluso a esas niñas que corrían tan felices sin zapatos, llegaría un día en que también se lo harían. 

Era lo que en Europa llamamos “ablación” y lo que allí entienden como algo normal, algo que pone a la mujer en la posición de sumisa que solamente sirve para servir al hombre, criar hijos y obedecer. 

Pasados unos días en los que disfruté del encuentro con la familia y amigos y pude relajarme del estrés que suponen las ciudades en España, volvimos de nuevo al ajetreo de autobuses y aviones y regresé a mi cama, que sinceramente, era mucho más cómoda. 

Mi vida siguió adelante, según lo previsto, pero no sin tener que pasar por las dificultades que puede tener una mujer joven negra en estos tiempos (prejuicios, estereotipos, dificultades laborales…). 

Conseguí con mucho esfuerzo aprobar los estudios de bachillerato e incluso matricularme en la universidad. No pude sacarme todas las asignaturas a la primera aunque con el esfuerzo que demostré con mi rendimiento académico, pude beneficiarme de becas para el estudio y así poder combinarlo con la ayuda en casa (tenía hermanos a los que cuidar) y algún trabajo temporal que ayudaba en la economía familiar. 

El día que me gradué por fin, tuve claro que quería abrir mi propio negocio, aquella tienda de productos nigerianos con la que había soñado años antes. 

Después de un tiempo de esfuerzos, papeles, burocracia y reunir el dinero necesario, con el apoyo de mi familia pude hacerlo. Aquel día fui muy feliz, por fin sentía que había hecho lo que tantos años había soñado. 

Pero aunque a mí la vida me iba bien, seguía recordando la historia que mi amiga Gloria me había contado y seguía sintiendo que debía ayudarla aunque fuera a distancia. 

Así que después de unos meses en los que el negocio empezaba a arrancar y yo ya podía tener los beneficios económicos para vivir holgadamente, decidí que iba a ponerme en contacto con una ONG que ayudara a niñas y mujeres que como en el caso de Gloria, les habían robado la feminidad. 

Me sorprendí de la de casos que había alrededor del mundo y de lo poco que se hablaba, de la poca ayuda que se prestaba y de la poca educación y prevención que hay al respecto. 

Fui muy feliz de poder hacerlo, ya no me sentía completa por haber podido montar mi negocio. Ya no solamente acercaba un trocito de Nigeria a España, sino que devolvía este favor en forma de ayuda y por eso la vida me parecía más llena, más bonita de poder ayudar a personas que como yo, no habían tenido la suerte de poder cambiar su DESTINO.

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