miércoles, 10 de junio de 2015

Discurso Graduación Bachillerato Curso 2014-2015

Buenas tardes y bienvenidos todos: alumnos, familias, amigos, compañeros docentes y no docentes.

Desde que me ofrecieron la posibilidad de dirigiros unas palabras en un evento tan señalado como el actual, no he dejado de pensar en qué era lo más oportuno. Primero pensé en elaborar un discurso lleno de tópicos, de buenos deseos y de agradecimientos.

Más tarde me di cuenta de que eso no podía ser y que lo mejor era atiborraros a consejos que, cual receta mágica, os iban a permitir enfrentaros con el mundo y encontrar el camino del éxito. Por último pensé optar por un discurso de 17 folios, de los de la vieja escuela soviética, en el que cupieran, bien embutidas, todas mis ideas, perspectivas sobre vuestro futuro, chistes sobre vuestro pasado y algún que otro guiño a la agotadora y pasional labor docente.

Pero de repente pensé en mi graduación, allá por 1992 (por cierto, año en el que España, como yo, se hacía mayor), y me di cuenta de que no recordaba nada de lo que me dijeron mis profesores. Recordaba, y seguramente soy un espejo de lo que vosotros, estimados alumnos, sentís ahora mismo, a mis padres a mi lado, orgullosos y a mi hermana, veterana ya en esas lides, que era el espejo en el que yo me miraba. Evocaba la sensación de satisfacción moderada que corría por mis venas, de orgullo por haber logrado una meta que, en demasiadas ocasiones, llegué a ver muy lejana. Pero, por mucho que me esforzaba, no lograba rememorar ni una de las cosas que mis profesores me dijeron ese día, a pesar de que recuerdo que de sus bocas salían palabras, palabras y palabras.

Entonces pensé que el problema de actos como este no son las palabras, pues su poder es infinito, sino nuestra capacidad para ordenar las ideas. Y es que a quien se le ocurrió decir que una imagen vale más que mil palabras, habría que pedirle cuentas por tantos y tantos intentos vanos de traducir en imágenes conceptos tan infinitamente poderosos como los de “felicidad”, “eternidad”, “satisfacción” o “memoria”. Nos vendieron que una imagen vale más que mil palabras, pero no nos advirtieron que también hay palabras que no pueden recrearse ni con mil imágenes.

Y es que el gran lenguaje del ser humano es la palabra. Aquella que, frente a la inmediatez de la imagen, perdura siempre; la que frente a la efímera emoción de la visión, pasa a formar parte de nuestra biografía; la que en definitiva, frente a la sensación de realidad que la imagen nos transmite, nos permite construirnos, imaginarnos, sentirnos y soñarnos.

En un día como hoy el gran inconveniente no es la palabra ni el lenguaje, el problema es que cuando uno empieza a pasar sus ideas al papel, siente que empieza a traicionarse. Entonces, uno, como en los exámenes, no escribe lo que quiere, sino lo que puede.

No he venido, pues, para daros consejos ni para ofreceros las claves de un éxito que ni siquiera yo conozco. Nadie mejor que vosotros sabe lo que es estar sometido 24 horas al día a un constante examen, pero no de conocimientos: vuestros padres, aquí presentes, y en buena medida responsables del éxito de que hoy estéis ahí, tan elegantes, perfumados y satisfechos, se descubren repitiendo frases, consejos y advertencias que ya oyeron a sus padres y que vosotros, irremisiblemente (como yo estoy comprobando ahora a pesar de que juré no repetirlas), acabaréis diciendo a vuestros hijos. Nosotros, los profesores, os vendemos constantemente las supuestas claves del éxito: “estudia todos los días”, “escribe bien”, “esfuérzate”, “trabaja duro”, “atiende lo que te digo”…como si fuera fácil o como si nosotros mismos, con 17 años, hubiéramos sido capaces de hacerlo. Y por si fuera poco las redes sociales, que tan fascinados os tienen, os instan a venderos como sujetos sin fisuras: atractivos en Instagram, ocurrentes y escuetos en Twitter o exitosos y amigables en Facebook.

Educar es una tarea fascinante, pero no es un trabajo fácil. Durante estos seis años habéis saboreado cada uno de los ingredientes del mundo académico: alegrías, errores, éxitos frustraciones, euforia, ímpetu desmedido e incluso puede que algunos de vosotros os vayáis hoy de aquí habiendo conocido el irresistible placer que produce el conocimiento. Si hemos hecho bien las cosas, vuestra mochila debería estar más cargada de dudas que de evidencias, pues deberíais empezar, desde ya mismo, a desconfiar de quien os venda certezas y quien os ofrezca más respuestas que preguntas.

 Esperamos que cada una de situaciones que habéis vivido en estos años en el instituto os sirvan para enfrentaros con el “mundo” que os espera ahí fuera. Un mundo en el que ya no hay tutores, entrevistas con padres, mensajes en el SIGAD ni partes de convivencia. Hoy se os abre la puerta a un universo para el que nunca se está del todo preparado, que nunca deja de sorprender y del que nunca se deja de aprender. A partir de ahora deberéis hacerlo sin nosotros. La Universidad, las carreras profesionales, el mundo laboral, los ciclos educativos superiores, o la propia vida os mostraran indicios y caminos que vosotros, no sin esfuerzo, deberéis transitar. Sólo el amor por el conocimiento y el hambre por saber os permitirán superar las dificultades a las que la vida os va a enfrentar.

Desgraciadamente la educación no es una de nuestras glorias nacionales, confiamos en vosotros para que comencéis a cambiar las cosas. El conocimiento no os va a hacer más felices, pero sí más inteligentes y, por lo tanto, más libres. Deberéis preguntaros si estáis listos para semejante reto y si estáis dispuestos a enfrentaros al miedo que al ser humano le produce su propia libertad. No olvidéis nunca que cualquier proyecto, cualquier sueño que emprendáis deberá estar siempre inacabado. Sólo así paladearéis el placer de descubrir y comprenderéis que ningún paso adelante es inútil y que ningún sueño inalcanzable es baldío. Todo lo contrario, cada proyecto pendiente es el que nos permite avanzar.

¿Veis qué complicado es no traicionarse? Yo lo acabo de hacer. Comenzaba estas líneas anunciando un discurso diferente y he acabado dándoos consejos y recurriendo a tópicos. Nadie dijo que nadar contracorriente fuera fácil, pero cada vez que, allí fuera, lo intentéis, enriqueceréis vuestra propia biografía. Al final he acabado haciendo lo mismo que aquel viejo profesor universitario que el primer día de clase les decía a sus alumnos:
“-Estimados alumnos, de ustedes espero que sean autónomos, críticos, reflexivos, creativos, que tengan ideas propias e iniciativa y que hagan exactamente lo que yo les digo”.

Alguien de vosotros me preguntaba ayer, sobre este mismo escenario, qué era lo mejor y lo peor que me había ocurrido en este instituto. Quizá lo peor sea el hecho de que apenas he llegado y ya os marcháis. Y no es que yo tenga una misión salvífica ni alma de superhéroe, simplemente es que siento que juntos hubiéramos aprendido mucho. Así que no voy a irme sin haceros un encargo:

Sed felices ahí fuera, disfrutad de la experiencia de ser adultos y volved de vez en cuando para contarnos cómo os va y así ayudarnos a ser mejores docentes, mejores compañeros y mejores personas. Muchas gracias y muchos éxitos.

Profesor : Gustavo Arce Fustero

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